¡Madre mía, qué noche aquella! Vivo en un edificio viejo del centro, paredes finas como papel, se oye hasta el suspiro del de arriba. Era verano, aire fresco del balcón rozándome la piel. Me asomé a fumar un cigarro y… ahí estaba él, Carlos, el vecino del 4ºA. Un tío de 45, pelo canoso, barriga de cerveza pero fuerte, solo desde que su ex lo dejó por un primo más joven. Luces filtrándose por las persianas mal cerradas de su salón. Me acerqué curiosa, corazón latiendo fuerte.

Lo vi de pie, pantalón en tobillos, polla gruesa y venosa en la mano. Se pajeaba despacio al principio, ojos cerrados. Murmuraba: ‘Joder, esa gordita del bar de abajo… ese culo enorme…’. Imaginaba a la hija de los dueños, Josune, 19 años, 110 kilos de carne tierna, caderas XXL que volvían locos a todos. Él aceleró, huevos peludos balanceándose, gotas de precum brillando. Me mojé la braguita viéndolo, toqué mi clítoris por encima del short. Gemí bajito, miedo que me pillara. Él gruñó y se corrió, chorros blancos en el suelo. Me escondí temblando, coño palpitando.

La observación prohibida desde el balcón

Al día siguiente, ascensor. Olía a su colonia fuerte, mezclada con sudor del curro. Entró, mirada baja. ‘Hola, Carlos… ¿todo bien?’, pregunté con voz juguetona. Dudó, ‘Sí… bueno, mi ex… ya sabes’. ‘Te vi anoche, desde mi balcón. Pajeándote pensando en la gordita del bar’. Se puso rojo, ‘¿Qué? No… joder, María’. Sonreí, acerqué mi mano a su paquete. ‘Me puso a mil tu polla gorda. Ven esta noche a mi piso. No le digas a nadie’. Sus ojos se iluminaron, ‘Eres una guarra voyeur’. El ascensor pitó, salimos rozándonos.

Pasos nerviosos en el pasillo esa noche, reloj marcando las 23:00. Golpeé suave su puerta… no, la mía, la dejé entreabierta. Entró rápido, cerró sin ruido. Luz tenue de la lámpara, stores bajados, rayos de luna en el suelo. Nos comimos la boca, su barba raspándome, lengua invasora. ‘Sabía que eras puta’, gruñó quitándome la camiseta. Tetazas al aire, pezones duros. Me arrodillé, saqué su polla ya tiesa, olor a macho. ‘Chúpala, zorra’. La tragué entera, garganta profunda, saliva chorreando por bolas. Él me folló la boca, ‘¡Joder, qué bien tragas!’.

El clímax intenso y el secreto compartido

Me levantó contra la pared del salón, falda arriba, bragas rotas. Dedos gruesos en mi coño chorreante, ‘Estás empapada, puta vecina’. Polla embistiendo de golpe, estirándome el coño. ‘¡Aaaah, sí, rómpeme!’, gemí bajito. Golpes brutales, piel chocando, cama no, pared temblando. ‘¡Cállate o nos oyen los viejos!’, susurró, pero aceleró, huevos golpeándome el culo. Me giró, polla en mi ano lubricado con mis jugos. ‘¡Tu culo es mío, más apretado que el de la gorda!’. Dolor-placer, me corrí gritando ahogado, coño contrayéndose. Él rugió, semen caliente llenándome el culo, goteando piernas.

Sudorosos, abrazados en el sofá, respirando agitados. ‘Ha sido brutal… mañana actuamos normal’, dijo él besándome. Asentí, piernas temblando.

Al día siguiente, cruce en el pasillo. Olor a café, vecinos pasando. Nuestras miradas chocaron, sonrisa pícara. ‘Buenos días, vecino’, susurré rozándole la mano. Guiño cómplice, secreto ardiendo. Cada paso suyo ahora me recuerda su polla dentro, promesa de más folladas prohibidas.

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