¡Dios, qué calor hace hoy! Era una noche de verano asfixiante, con el aire quieto filtrándose por las persianas entreabiertas. Oí un ruido raro desde el balcón de al lado, como un jadeo ahogado mezclado con el zumbido del ventilador. Me acerqué sigilosa, el corazón latiéndome fuerte. La luz de la luna se colaba tenue, y allí estaba Javier, mi vecino del quinto, el casado guapo con esa sonrisa pícara en el supermercado.

Estaba desnudo, de espaldas al mío, pero inclinado contra la barandilla. Su mano subía y bajaba con ritmo furioso sobre su polla dura, gruesa, brillando de sudor. ¡Joder, qué pedazo de verga! Los huevos peludos se mecían, y gemía bajito, “mmh, sí…”. El aire fresco del balcón le erizaba la piel, y yo… yo me mojé al instante. Me toqué el coño por encima de las bragas, sintiendo el calor subir. ¿Me vio? No, seguía en su mundo, corriéndose con un gruñido ronco, chorros de leche salpicando el suelo. Me aparté temblando, cachonda perdida.

El voyeurismo accidental y la tensión en el edificio

Al día siguiente, en el ascensor del edificio. Vacío, solo él y yo. Subíamos del parking, el zumbido del motor llenando el silencio. Nuestras miradas se cruzaron en el espejo. “Buenas”, murmuró, pero su voz era ronca, como si recordara. Yo llevaba falda corta, sudada por el calor. El ascensor paró en el tercero, pero nadie entró. El roce accidental: su mano rozó mi culo al girarme. “Perdón”, dijo, pero no se apartó. Sentí su polla endurecerse contra mi muslo. “Anoche… te vi”, susurré, el pulso acelerado. Sus ojos se oscurecieron. “¿Y qué viste?”. El ascensor llegó al quinto, pero pulsó el botón de parada de emergencia. La luz parpadeó, el espacio se cerró.

La barrera cayó como un rayo. Me empujó contra la pared fría, besándome con hambre, lengua invadiendo mi boca. “Joder, no aguanto más”, gruñó. Bajó mi falda de un tirón, bragas al suelo. Sus dedos gruesos entraron en mi coño empapado, “estás chorreando, puta curiosa”. Gemí, “shh, nos oirán”. Me arrodillé, polla en la boca, salada de sudor, chupando hasta la garganta. Él jadeaba, manos en mi pelo, “mamada de campeonato, vecina”. Me levantó, piernas alrededor de su cintura, y me folló contra la puerta. Entraba y salía brutal, polla abriéndome el coño, chapoteos húmedos resonando. “¡Más fuerte!”, supliqué, uñas en su espalda. El ascensor temblaba, miedo a que alguien pulsara. Él me mordió el cuello, “te voy a llenar de leche”. Aceleró, huevos golpeando mi culo, yo me corrí gritando bajito, coño contrayéndose. Él explotó dentro, semen caliente inundándome, goteando por mis muslos.

El sexo crudo en el ascensor y el secreto compartido

Bajamos sudados, jadeantes. Él pulsó para reanudar, puerta abrió en mi piso. “Hasta mañana”, guiñó. Me metí en casa temblando, coño palpitando, olor a sexo impregnado.

Al día siguiente, pasillo estrecho. Pasos lejanos en el eco. Nos cruzamos, carteros repartiendo. Él sonrió, yo ruborizada. “¿Dormiste bien?”, susurró rozándome el brazo. Asentí, mordiéndome el labio, sintiendo el secreto quemar. Sus ojos bajaron a mi falda, prometiendo más. El vecino perfecto, ahora mi follamigo prohibido. El ascensor nunca fue tan tentador.

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