Ay, chicas, no os lo vais a creer, pero ayer viví algo que me tiene el coño palpitando todavía. Vivo en un edificio viejo en el centro, de esos con ascensor estrecho y ruidoso que cruje a cada piso. Mis vecinas del quinto, Annabelle la rubia de ojos azules y Armelle la morena de ojos verdes, son dos bombas. Siempre las veo por el parking, con vaqueros que les marcan el culo perfecto y camisetas ajustadas que les aprietan las tetas. Trabajan de azafatas en eventos deportivos veraniegos, sudadas y sexys al volver.
Anoche, bajo al parking a por el coche, oigo pasos rápidos, risas ahogadas. Son ellas, cargando bolsas de merchandising: gorras, botellas, peluches. ‘¡Hola, guapo!’, dice Annabelle, con esa sonrisa pícara, rozándome el brazo. Armelle me guiña un ojo, su pelo húmedo de sudor pegado al cuello. El aire huele a ellas, a perfume mezclado con piel caliente. Subimos las tres al ascensor, apretujadas. El botón del quinto se ilumina, pero el mío es el cuarto. Silencio pesado, solo el zumbido del motor. Siento sus cuerpos contra el mío, el calor subiendo. Annabelle suspira: ‘Joder, qué calor… me muero por una ducha’. Armelle ríe bajito: ‘Eh… ¿y si paramos un rato?’. Su mano roza mi polla por encima del pantalón. Me pongo duro al instante. La puerta se cierra, pulsamos el botón de parada entre pisos. La barrera cae. El peligro de oírse pasos en el pasillo de arriba me pone a mil.
La casualidad en el parking y la tensión que sube
Annabelle se gira, me besa con lengua, salvaje. ‘Shhh, no hagas ruido’, susurra, mientras baja mi cremallera. Mi polla salta fuera, tiesa y gorda. Armelle se arrodilla primero, la mete en su boca caliente, chupando fuerte, saliva goteando. ‘Mmm, qué rica está’, gime Annabelle, quitándose la camiseta. Sus tetas perfectas, pezones duros como piedras, rebotan libres. Se las empina, yo las chupo, mordiendo suave. El ascensor tiembla un poco, oímos voces lejanas en el garaje. El miedo me excita más. Armelle se levanta, se baja los vaqueros, su coño depilado brilla mojado, labios carnosos abiertos. ‘Fóllame ya’, pide, dándome la espalda. La penetro de un empujón, su coño aprieta como un guante caliente, resbaladizo de jugos. Bombeo fuerte, plaf plaf contra su culo redondo. Annabelle se sube la falda, abre las piernas: ‘A mí también, no pares’. Su coño rubio, con pelito corto, chorrea. Me arrodillo, se la como, lengua en su clítoris hinchado, saboreando su flujo salado. Ella gime bajito: ‘¡Joder… sí, lame mi coño!’. Cambio, meto la polla en Annabelle, ella cabalga contra la pared, tetas en mi cara. Armelle me masturba las bolas, mete un dedo en mi culo. El sudor nos pega, olor a sexo crudo llena el habitáculo. Oímos pasos en el pasillo superior, ¡mierda! Frenamos, respiramos agitados. Pero seguimos: las follo alternando, ellas se besan, dedos en coños mutuos. Exploto en Armelle, le lleno el coño de leche caliente, chorros interminables. Annabelle se corre chupándome las bolas, gritito ahogado.
El sexo brutal en el ascensor y el regreso al silencio
Paramos jadeando, limpiamos con kleenex de las bolsas. Pulsamos para reanudar, salimos cada una en su piso. Sonrisas cómplices, ‘Hasta mañana, calladito eh’. Dormí con la polla dura recordándolo.
Hoy, en el pasillo, cruzamos. Annabelle me roza la mano: ‘¿Repetimos?’. Armelle guiña: ‘Shhh, el ascensor nos espera’. Ese secreto quema, el roce casual en el corredor me moja otra vez. El edificio nunca fue tan excitante.