Vivo en un edificio viejo de Madrid, de esos con ascensor que cruje y pasillos que oyen todo. El vecino del 4A, un chaval de unos 20 años, mono, con cara de pillo y cuerpo atlético, tuvo una avería en su baño. ‘¿Puedo usar el tuyo?’, me dijo ayer por la tarde, con esa sonrisa tímida. ‘Claro, pasa’, le respondí, sintiendo ya un cosquilleo. Soy de esas que adoran el morbo de lo cerca, lo prohibido.
Le dejé mi llave de repuesto. Esa noche, oí pasos en el pasillo, el clic de la puerta, el agua corriendo. Yo abajo, en el salón, con la tele baja, pensando en él desnudo bajo la ducha. Fantaseaba con su polla dura, imaginándolo tocándose. De repente, silencio. Subí sigilosa, el corazón latiendo fuerte. La puerta del baño entreabierta, vapor saliendo, luz amarilla filtrándose. Lo vi de espaldas, desnudo, frente al espejo, con una erección brutal, roja y gruesa, mano quieta pero tiesa como una barra.
La sorpresa en el baño compartido
Me quedé paralizada, pero el morbo ganó. Empujé la puerta despacio, crujió un poco. Él se giró, ojos como platos, rojo de vergüenza. ‘¡Perdón! Yo… pensé que estabas abajo’, balbuceó, cubriéndose con las manos. Yo sonreí, ojos clavados en su paquete. ‘Tranquilo, chaval. Estás… bien dotado, ¿eh? No te cubras’. Avancé, el aire húmedo oliendo a jabón y excitación. Vestida con mi pijama ajustado, pantalón ancho pero camiseta que marca mis tetas grandes.
‘¿Te gusto?’, le pregunté, bajando la cremallera de mi chaqueta. Él tragó saliva: ‘Joder, sí, eres… tetona, preciosa’. Me quité la chaqueta, el caraco apretado por mis pechos. Sus manos temblaban en mis caderas. Nos besamos, torpe al principio, su lengua ansiosa. ‘¿Puedo tocar?’, susurró. ‘Dale, cabrón’, le dije riendo. Agarró mis tetas, grandes y pesadas, pezones duros. Me arranqué el caraco, sujetador rosa enorme. Él jadeaba.
Lo llevé a mi habitación, puerta entreabierta al pasillo por si alguien pasaba. ‘Primero, arréglate eso’, dije, cogiendo tijeras del cajón. Le recorté el pubis hasta dejarlo liso, bolas al aire. ‘Ahora sí, mamón’. Me arrodillé, pantalón bajado mostrando mi culo en braga violeta. Le chupé la polla, gorda, no larga pero ancha. ‘¡Joder, qué boca!’, gimió él. Lamí el glande, lo tragué entero, garganta profunda, saliva chorreando. Él empujaba suave, ‘No pares…’. Aspiré fuerte, como tragando espagueti, sus caderas temblando.
El clímax y el secreto del pasillo
‘Para, que me corro’, dijo retirándose. ‘Bien, respetuoso. Ahora yo’. Me quité todo, coño rasurado, rosado y húmedo. ‘¿Sorprendido?’, pregunté. ‘Es… perfecto’, murmuró. Se arrodilló, besó mis muslos, lengua en mi raja. ‘Así, en el clítoris, suave’. Gemí alto, ‘¡Sí, joder!’, ondas de placer, orgásmica gritando bajito por los vecinos. Dos veces me corrió con dedos y boca, sudada, cachonda perdida.
En la cama, grande y chirriante, me montó. ‘Despacio, polla gorda’. Se hundió en mi coño mojado, follándome misionero. ‘¡Fóllame fuerte!’, le pedí, uñas en su espalda. Ritmo loco, tetas botando, sudor goteando. Él frotaba mi clítoris, yo gemí ‘¡Me corro!’. Él también, ‘¡Agua!’, chorro caliente dentro. Extasis, gritos ahogados, miedo a que oyeran los pasos en el pasillo.
Al día siguiente, cruzamos en el ascensor. Silencio cargado, miradas cómplices. ‘Buenas noches buenas’, susurró pícaro. Sonreí, ‘Repite cuando quieras, vecino’. Bajamos, secreto ardiendo, frisson eterno del edificio que todo lo sabe.