Vivo en un edificio viejo del centro, de esos con balcones estrechos y persianas que no cierran del todo. La otra noche, no podía dormir. Calor de agosto, aire quieto. Miré por la ventana, la luz de la luna filtrando entre las rendijas de mi vecino del quinto, Pablo. Ese chico nuevo, de unos veinticinco, moreno, con ojos que queman. Lo vi ahí, en su salón, solo. Bajó las persianas a medias, pero se veía todo. Se había quitado la camisa, pantalón desabrochado. Su mano… dios, se estaba tocando la polla despacio, con los ojos cerrados. El sonido lejano de sus jadeos, como un susurro contra el silencio del barrio. Me mojé al instante. Me quedé mirando, dedo en mi clítoris, imaginando esa verga dura entrando en mí.
Al día siguiente, bajaba al garaje. El ascensor viejo, que cruje como un viejo. Puertas se abren en su piso. Entra él, con esa sonrisa tímida. ‘Hola, vecina’, dice, voz grave. Huelo su colonia, mezcla de sudor y hombre. Estamos solos, el edificio vacío por vacaciones. Nuestros cuerpos rozan, calor subiendo. ‘Hace mucho calor, ¿eh?’, balbuceo, nerviosa. Él asiente, ojos en mi escote. La falda corta se me sube un poco, siento su mirada en mis muslos. El ascensor para entre pisos, luz parpadea. ‘Mierda’, murmura. Silencio pesado. Su mano roza mi cadera, accidental… o no. Tensión eléctrica. ‘Pablo, yo… te vi anoche’, suelto, voz temblorosa. Él se sonroja, pero sonríe pillo. ‘¿Y qué viste?’. Me acerco, aliento entrecortado. Nuestros labios chocan, beso salvaje, lenguas enredadas. La barrera cae. Sus manos en mi culo, apretando fuerte.
La mirada indiscreta y la chispa en el ascensor
No paramos. Pulsa el botón de parada, ascensor quieto. ‘Aquí, ahora’, gruñe. Me sube la falda, rasga mi tanga. ‘Estás empapada, puta cachonda’, dice, dedo hundiéndose en mi coño. Gimo alto, miedo a que alguien oiga los crujidos. ‘Cállate o nos pillan’, susurra, pero me mete dos dedos, bombeando rápido. Me arrodillo, polla fuera: gruesa, venosa, goteando. La chupo como loca, saliva chorreando, bolas en mi mano. ‘Joder, qué boca’, jadea él, follándome la garganta. Me pone contra la pared, frío metal en mi espalda. Piernas abiertas, su verga empujando. ‘No, espera… ¿y si sube alguien?’, tiemblo. ‘Me la suda, te voy a follar aquí’. Empuja, entra de golpe, coño lleno. Golpes brutales, piel contra piel, eco en el hueco. ‘¡Más fuerte, cabrón!’, pido, perdida. Siento su polla hinchándose, mis paredes apretando. ‘Me corro… agárrate’, ruge. Chorros calientes dentro, yo exploto, uñas en su espalda, grito ahogado. Semen chorreando por mis piernas, olor a sexo puro.
El ascensor arranca solo, bajamos temblando. Nos arreglamos rápido, risas nerviosas. ‘Ha sido… increíble’, dice él, beso rápido. Salimos, piernas flojas. Al día siguiente, pasillo desierto. Nos cruzamos, café en mano. Sus ojos en los míos, sonrisa secreta. ‘Buen día, vecina’, guiña. Siento el calor entre piernas, secreto quemando. Paso por su puerta, oigo su voz dentro. Ya quiero más. El edificio ya no es el mismo.