Vivo en un edificio viejo de Madrid, de esos con ascensores que crujen y pasillos que huelen a humedad. Mi vecino del quinto, Javier, siempre me ha llamado la atención. Alto, moreno, con esa barba de tres días que me pone. Lo he visto alguna vez por la ventana, fumando en su balcón, con la camisa abierta dejando ver el pecho. Una noche, tarde, oí gemidos. Sus cortinas mal cerradas, la luz filtrando. Me acerqué sigilosa, el corazón latiendo fuerte. Ahí estaba, solo, mano en la polla dura, bombeando lento. Joder, qué morbo. Me quedé mirando, tocándome por encima del pijama, el aire fresco del balcón rozándome las tetas.
Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. ‘Buenas’, murmuró, ojos clavados en mí. Yo, con mi falda corta, sintiendo su mirada en mis piernas. ‘¿Dormiste bien?’, le dije, sonriendo pícara. Él tragó saliva, ‘Sí… y tú?’. La tensión era palpable, como electricidad. Pasos lejanos en las escaleras, pero nosotros parados, respirando pesado. Esa misma tarde, en el ascensor. Entró justo cuando cerraban las puertas. Espacio pequeño, olor a su colonia mezclada con sudor. ‘Hace calor, ¿no?’, dijo, voz ronca. Yo asentí, mordiéndome el labio. Sus ojos bajaron a mi escote. El ascensor se paró entre pisos, luz parpadeando. ‘Mierda’, masculló. Pero yo ya sabía que era el momento. Me pegué a él, ‘¿Quieres que te ayude con eso que vi anoche?’. Él no dijo nada, solo me besó, lengua invasora, manos en mi culo apretando fuerte.
La tensión que crece en el edificio
La barrera cayó en segundos. Me levantó la falda, dedos directos a mi coño ya mojado. ‘Joder, estás empapada’, gruñó. Yo le bajé el pantalón, polla tiesa saltando libre, gorda y venosa. ‘Fóllame ya’, le supliqué, voz temblorosa. Me giró contra la pared, culazo al aire. Entró de un empujón, polla abriéndome el coño hasta el fondo. ‘¡Ahhh!’, gemí alto, tapándome la boca. Él me taladraba, embestidas brutas, huevos chocando contra mí. ‘Cállate o nos oyen’, jadeó, pero follaba más fuerte, mano en mi clítoris frotando rápido. Sudor goteando, el ascensor temblando con cada golpe. Le mordí el cuello, ‘Más, dame más polla’. Me corrí primero, coño contrayéndose, chorros mojando sus muslos. Él no paró, ‘Me voy a correr dentro’, avisó. ‘Sí, lléname’, le rogué. Explosión caliente, semen llenándome, goteando piernas abajo. Respirábamos como animales, cuerpos pegados, miedo y placer mezclados. ¿Y si alguien pulsaba el botón? Ese riesgo nos ponía más.
Sonó el ascensor, volvía a moverse. Nos arreglamos a prisa, riendo nerviosos. Puertas abiertas, pasillo vacío. Bajé con piernas temblando, coño palpitando aún. Al día siguiente, en el correo. Nos cruzamos, él con sonrisa lobuna. ‘Buenos días, vecina’, dijo bajito, guiñando. Yo, ruborizada pero excitada, ‘Repetimos cuando quieras’. Sus ojos prometían más. Ahora cada crujido en el pasillo me pone, imaginando su polla otra vez. El secreto quema, delicioso.