Ayer por la tarde, estaba en mi balcón fumando un cigarro, con el sol filtrándose entre las persianas de mi vecino. Él se llama Marcos, alto, musculoso, como sacado de una fantasía. Lo vi por casualidad, desnudo frente al espejo, secándose después de la ducha. Su polla colgaba gruesa, semierecta, y mis ojos se clavaron ahí. Sentí un calor entre las piernas, el corazón latiendo fuerte. ¿Me vio? No sé, pero desde entonces, cada paso en el pasillo me ponía nerviosa.
Esa noche, coincidimos en el ascensor. Bajábamos al garaje, solos. El aire estaba cargado, olía a su colonia fresca mezclada con sudor. “Hola, vecina”, dijo con esa voz grave, mirándome las tetas bajo la camiseta ajustada. Yo tragué saliva, “Hola, Marcos… ¿bien el día?”. Nuestros cuerpos se rozaron al entrar, su brazo contra mi hombro. El ascensor empezó a bajar, lento, y sentí su mirada bajando por mi culo en shorts. “Hace calor, ¿eh?”, murmuró, acercándose. Mi coño ya palpitaba. La tensión era insoportable, como si el aire se espesara.
La mirada voyeur que encendió la chispa
De repente, pulsó el botón de stop. El ascensor se paró entre pisos. “¿Qué haces?”, susurré, pero mi voz temblaba de excitación. “No aguanto más, te he visto mirándome”. Me empujó contra la pared, sus labios en mi cuello, mordiendo suave. Le besé con hambre, metiendo la lengua, mientras sus manos me bajaban los shorts. “Joder, estás empapada”, gruñó palpando mi coño rasurado. Yo le desabroché el pantalón, saqué su polla dura, venosa, de unos 18 cm, palpitante. La apreté, masturbándola rápido. “Fóllame ya, por favor”, gemí bajito, temiendo que alguien pulsara el botón.
Me dio la vuelta, contra la puerta metálica fría. Escuchábamos el zumbido del edificio, pasos lejanos en el pasillo de arriba. Su polla rozó mi culo, luego entró de un empujón en mi coño chorreante. “¡Ahhh!”, ahogué un grito, mordiéndome el labio. Me taladraba fuerte, embestidas profundas, sus huevos chocando contra mí. “Tu coño aprieta como una puta”, jadeaba él, una mano en mi teta, pellizcando el pezón. Yo arqueaba la espalda, el placer subiendo, el riesgo de ser oídos me ponía loca. “Más rápido, me corro”, susurré. Me follaba brutal, sudando, el ascensor oliendo a sexo. Saqué una mano atrás, toqué sus huevos pesados, luego metí un dedo en su culo apretado. Él gruñó, “¡Joder, sí!”, y aceleró.
El polvo brutal y el regreso cargado de deseo
Cambiamos: yo de rodillas, chupando su polla empapada de mis jugos. La tragué hasta la garganta, saliva goteando, lamiendo el glande hinchado. Él me sujetaba la cabeza, follando mi boca. “Trágatela toda, guarra”. Luego me levantó, piernas alrededor de su cintura, empalándome de nuevo. El metal vibraba con cada golpe. Me corrí primero, temblando, mordiendo su hombro para no gritar, jugos bajando por sus muslos. Él resistió, pero al final explotó dentro, llenándome de leche caliente, chorros potentes. “¡Sí, toma mi corrida!”, rugió bajito. Nos quedamos jadeando, sudorosos, besándonos mientras pulsaba el botón para reanudar.
Llegamos al garaje, salimos como si nada, pero con las piernas flojas. Al día siguiente, en el pasillo, nos cruzamos. Él con su camiseta ajustada, yo con bata ligera. Nuestras miradas se engancharon, sonrisas pícaras. “Buenos días, vecina… ¿dormiste bien?”, dijo pasando rozándome el culo disimuladamente. “Mejor que nunca, gracias a ti”, respondí guiñando. El secreto quema, cada puerta que cierra suena a promesa. Sé que pasará de nuevo, el edificio entero es nuestro playground prohibido.