Era tarde, como las once de la noche. Volvía del curro, cansada pero con esa adrenalina que no se va. El pasillo del edificio estaba vacío, solo el eco de mis tacones… clic, clic. Pulso el botón del ascensor y espero. Se abre la puerta, y ahí está él, mi vecino del 4ºB, Javier. Alto, moreno, con esa camiseta ajustada que marca sus músculos. Nos hemos cruzado mil veces, saludos rápidos, pero siempre esa chispa en la mirada. Él sonríe, ‘Buenas noches, ¿eh?’. Entro, el ascensor arranca con un zumbido suave.

El espacio es chiquitito, el aire cargado. Huelo su colonia, mezclada con sudor del gym. ‘¿Día largo?’, pregunto, rompiendo el silencio. ‘Sí, joder, en el gym hasta tarde’, dice, y su voz grave me eriza la piel. Nuestras miradas se cruzan en el espejo. Veo cómo me recorre el cuerpo, mis tetas bajo la blusa, mis piernas en falda. Siento calor subiendo. Mi coño palpita un poco. Él se acerca un paso, ‘disculpa’, murmura, pero no es excusa. Su mano roza mi cadera. No me aparto. Al revés, me giro un poco. ‘Hace calor aquí, ¿no?’, susurro. Sus ojos brillan. La barrera cae. Su boca en la mía, beso húmedo, lenguas enredadas. El ascensor sube lento, pitido en cada piso.

La Mirada que Enciende Todo

Paramos en el 3º, nadie entra, suerte. Javier pulsa el botón de parada de emergencia. Luz roja parpadea. ‘Aquí nadie nos oye… o sí’, dice con sonrisa pícara. Me empuja contra la pared metálica, fría en la espalda. Sus manos en mis tetas, amasando fuerte. ‘Joder, qué duras’, gruñe. Desabrocho su pantalón, saco su polla, gruesa, venosa, ya tiesa como piedra. ‘Mira lo que me pones’, dice. La acaricio, subo y abajo, siente mi calor. Él sube mi falda, mete mano en mi tanga. ‘Estás empapada, puta’, ríe bajito. Dos dedos en mi coño, chapotean en mis jugos. Gimo, mordiéndome el labio. Miedo a que alguien pulse el botón, pero eso me excita más.

Me arrodillo, el suelo duro. Chupo su polla, lengua en el glande, saliva goteando. ‘Sí, trágatela toda’, jadea, mano en mi pelo. La meto hasta la garganta, toso un poco, pero sigo. Él me levanta, me gira. Baja mi tanga, se la mete en el bolsillo. ‘Para recordarte’. Su polla roza mi culo, luego mi coño. ‘¿La quieres?’, pregunta. ‘Fóllame ya, joder’, suplico. Empuja, entra de golpe. Lleno, estira mis paredes. Empieza a bombear, fuerte, el ascensor tiembla. Mis tetas rebotan, pego la cara al espejo empañado. ‘Cállate o nos pillan’, susurra, pero me folla más salvaje. Siento su vientre contra mi culo, huevos golpeando. Mi clítoris palpita, corro más. ‘Me vengo…’, gimo. Él acelera, ‘Yo también, toma mi leche’. Se corre dentro, caliente, sin condón, riesgo total. Yo exploto, piernas temblando, coño contrayéndose.

El Placer Brutal del Riesgo

Paramos jadeando. Sube la falda, me limpia con dedos jugosos. Beso rápido, sudor y sexo en el aire. Reinicia el ascensor. ‘Hasta mañana, vecina’, guiña. Salgo en mi piso, piernas flojas.

Al día siguiente, en el pasillo, cruzamos. Él con bolsas de compra, yo con el café. Nuestras miradas… fuego. ‘Buenos días’, dice casual, pero roza mi mano. Sonrío, siento mi coño humedecerse otra vez. Secreto nuestro, prohibido, adictivo. ¿Repetimos pronto?

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