—Vamos, sube, que aquí nadie nos ve —me dijo Laura con esa sonrisa pícara que ya me había puesto cachondo toda la noche.

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Acabábamos de bajar de la azotea común del edificio después de la fiesta de fin de curso de la facultad. La mayoría de los vecinos ya se habían ido a dormir o seguían bebiendo en el piso de abajo, pero ella me agarró del brazo y me llevó hasta la puerta que daba a su terraza privada. Tenía 24 años, estudiaba Arquitectura en el último año y vivía sola desde que sus padres le compraron ese apartamento en el centro de Madrid. Yo, con 26, acababa de empezar como ingeniero en una empresa de telecomunicaciones y compartía piso con dos compañeros en el bloque de enfrente.

La noche era cálida de junio. Desde su balcón se veía perfectamente el mío, a solo diez metros de distancia. Muchas veces la había observado mientras tomaba el sol en bikini o salía en ropa interior a regar las plantas. Nunca imaginé que ella también me miraba.

Entramos. La terraza era amplia, con una hamaca, unas macetas grandes y una mesa baja con dos sillas. Cerró la puerta de cristal y corrió una cortina ligera. Me empujó contra la pared y me besó con ganas, metiendo su lengua sin pedir permiso. Sus tetas grandes se aplastaban contra mi pecho. Llevaba un vestido corto de verano que apenas le cubría el culo.

—Llevo semanas queriendo hacer esto —susurró mientras me bajaba la cremallera del pantalón—. Te he visto pajeándote mirando hacia aquí más de una vez.

No me dio tiempo a responder. Se arrodilló, sacó mi polla ya dura y se la metió entera en la boca. La chupaba con hambre, haciendo ruidos húmedos, bajando hasta el fondo de su garganta. Con una mano me apretaba los huevos y con la otra se tocaba entre las piernas. Yo le agarré el pelo y empecé a follarle la cara despacio, disfrutando de cómo babeaba sobre mi verga.

Al rato se levantó, se quitó el vestido de un tirón y se quedó completamente desnuda. Tenía el coño depilado, los labios hinchados y brillantes. Se dio la vuelta, apoyó las manos en la barandilla y sacó el culo hacia mí.

—Primero méteme dos dedos en el culo —me ordenó—. Quiero que me abras bien antes de que me la metas.

Escupí en mi mano y le metí el dedo corazón directamente en el ano. Estaba caliente y apretado. Lo moví en círculos, añadiendo otro dedo poco después. Ella gemía bajito, empujando hacia atrás. Con la otra mano le frotaba el clítoris y le metía dos dedos en el coño. Estaba empapada.

—Ya está, dame tu polla ahora —jadeó.

Coloqué la punta contra su agujero trasero y empujé despacio. El glande entró con algo de resistencia, pero una vez dentro el resto se deslizó hasta el fondo. Tenía un culo increíblemente prieto. Empecé a moverme, primero suave, luego con más fuerza. Cada embestida hacía que sus nalgas rebotaran contra mi pelvis. Mis huevos golpeaban su coño mojado con un sonido húmedo y obsceno.

Laura se masturbaba con una mano mientras yo la sodomizaba. Sus gemidos se hacían más altos. De repente se corrió con fuerza, apretando tanto el ano alrededor de mi verga que casi me hizo correr a mí también. Saqué la polla un momento para que se recuperara.

Se giró, se puso de rodillas otra vez y me miró con ojos brillantes.

—Quiero probar mi propio culo en tu polla —dijo antes de tragársela entera otra vez.

La chupaba con saña, lamiendo desde los huevos hasta el glande, metiéndose los testículos en la boca uno por uno. Yo estaba al límite. Le pedí que se levantara y la puse contra la mesa. Le abrí las piernas y le metí la polla en el coño de un solo golpe. Estaba ardiendo y resbaladizo. Mientras la follaba por delante, le metí el pulgar en el culo y lo moví al mismo ritmo.

—Más fuerte —suplicó—. Quiero que me llenes.

Aceleré. El sonido de nuestras carnes chocando resonaba en la terraza. Le pellizqué los pezones duros y le di un par de cachetes en el culo. Ella se corrió por segunda vez, temblando y apretando mi polla con su vagina.

Cuando sentí que ya no podía más, saqué la verga y la obligué a arrodillarse de nuevo. Le metí dos dedos en el ano mientras me corría. El primer chorro le cayó en la lengua, el segundo en la mejilla y el resto le salpicó las tetas. Tragó lo que pudo y luego usó mi polla todavía dura para esparcir el semen por sus pezones.

Nos quedamos un rato en silencio, recuperando el aliento. La noche seguía tranquila. Desde la azotea común se oían risas lejanas de los últimos invitados.

Laura se limpió con una toalla pequeña que tenía en una silla y me miró sonriendo.

—Mañana por la noche estaré aquí otra vez a la misma hora. Si quieres repetir, solo tienes que asomarte al balcón y hacerme una señal.

Asentí sin decir nada. Me subí los pantalones, le di un último beso en los labios que todavía sabían a mi leche y a su culo, y salí por la puerta de la terraza.

Bajé las escaleras con las piernas todavía temblando. Al entrar en mi piso, fui directo al balcón. Desde allí vi cómo ella, todavía desnuda, recogía la terraza. Me miró, se pasó la mano entre las piernas y se chupó un dedo lentamente.

Supe que volvería mañana. Y pasado. Y todos los días que ella quisiera dejarme follarla en esa terraza bajo las luces de Madrid.

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