Ay, chicas, no os podéis imaginar lo que me pasó la semana pasada. Vivo en un edificio viejo en el centro, paredes finas, balcones pegados. La otra noche, fumando en el mío, oí ruidos… gemidos. La luz del vecino del ático filtraba por las persianas mal cerradas. Me asomé un poco, el corazón latiéndome fuerte. Ahí estaba él, Marcos, el tipo musculoso del 5ºA, el que parece portero de discoteca. Estaba solo, en calzoncillos, con la polla dura en la mano, pajeándose frente al espejo. Sudor en el pecho, gruñendo bajito. ‘Joder, qué rica…’, murmuraba. Me quedé clavada, la concha me palpitaba. Él miró hacia mi lado, como si supiera que lo veía. Nuestras miradas se cruzaron un segundo, pero seguí espiando. Se corrió fuerte, leche chorreando por los dedos. Me mojé tanto que tuve que masturbarme ahí mismo, mordiéndome el labio para no gemir.
Al día siguiente, en el ascensor. Entró él, olor a colonia fuerte, camisa ajustada marcando pectorales. ‘Buenas’, dijo con voz grave, ojos clavados en mí. Yo, con falda corta, noté su mirada bajando a mis tetas. Silencio pesado, el ascensor subiendo lento. ‘Anoche… ¿estabas en el balcón?’, soltó de repente. Me quedé muda, ruborizada. ‘Sí… te vi. Estabas… bueno, ya sabes’. Sonrió lobuno. ‘¿Te gustó?’. El ascensor paró en mi piso. ‘Ven, sube’, le dije, temblando de vicio. Cerré la puerta, y ya estaba. Me empujó contra la pared del pasillo, besándome salvaje, lengua dentro, manos en mi culo. ‘Eres una puta voyeur, ¿eh?’, gruñó. Le bajé los pantalones, su verga enorme saltó, venosa, goteando. ‘Fóllame ya’, le rogué.
La mirada que lo cambió todo
Me levantó la falda, arrancó las bragas. Dedos gruesos en mi coño empapado, ‘Estás chorreando, zorra’. Me penetró de un empujón, hasta el fondo, gimiendo los dos. ‘¡Joder, qué prieta!’. Me follaba duro contra la puerta, tetas fuera, pezones duros mordidos. Plaf, plaf, el sonido rebotaba en el pasillo. ‘Calla, nos oirán’, susurré, pero él más fuerte: ‘Que oigan cómo te parto el coño’. Cambiamos, yo de rodillas, mamada profunda, saliva por la barbilla, bolas en la boca. ‘Trágatela toda, guarra’. Luego a cuatro patas en el suelo, culazo arriba, él embistiéndome como animal. ‘¡Me corro! ¡Dentro no!’, grité. ‘Sí, dentro, llena tu útero de leche’. Eyaculó chorros calientes, desbordando. Colapsamos jadeando, sudor mezclados.
Después, silencio. Se vistió rápido. ‘Mañana repetimos’, dijo guiñando. Yo, piernas temblando, asentí. Al día siguiente, en el pasillo, cruzamos. Él con bolsa de gym, yo con la compra. Sonrisa cómplice, roce de manos. ‘Buen polvo, vecina’, murmuró bajito. Nadie más lo oyó. Ahora cada mirada es fuego, esperando el próximo riesgo. El edificio nunca fue tan excitante.