Me llamo Cristina, tengo 52 años, casada con Roberto hace décadas. Nuestra vida sexual… pues, casi inexistente. Una vez al mes, si hay suerte. Pero el edificio donde vivo es un nido de tentaciones. Al lado, el piso 4, vive él: Pablo, el chico nuevo, unos 30 años, tatuajes asomando del cuello y las mangas, cuerpo atlético bajo camisetas ajustadas. Lo vi por primera vez desde mi balcón, una tarde de verano. La luz filtraba por las persianas entreabiertas de su salón. Él, en calzoncillos, besando a su novia contra la pared. Sus manos bajando esa tanga, el jadeo ahogado. Mi coño se mojó al instante. Me quedé ahí, inmóvil, el aire caliente pegando a mi piel sudada.
Días después, en el ascensor. Entró él, solo, olor a colonia fuerte mezclada con sudor. Yo bajaba del trabajo, sin tiempo para ducharme, mi chochito oliendo a día entero encerrado en bragas. ‘Buenas tardes, vecina’, dijo con esa sonrisa pícara. El ascensor se paró entre pisos, luz titilando. Silencio pesado. Nuestros cuerpos cerca, su brazo rozando mi teta. ‘Hace calor aquí, ¿no?’, murmuró, ojos bajando a mi escote. Sentí mi pezón endurecerse. ‘Sí… mucho’, balbuceé, el corazón latiendo fuerte. Su mano rozó mi cadera ‘por accidente’. La tensión crepitaba. El ascensor arrancó, pero en su piso, me invitó: ‘Pásate un día, te enseño mi terraza’. El pasillo vacío, pasos lejanos en el corredor. Asentí, coño palpitando.
La mirada indiscreta que lo cambió todo
Aquella noche no dormí. Fantaseé con él violándome en ese ascensor, atada, sin poder resistir. Al día siguiente, lo busqué. ‘¿Vienes?’, dijo abriendo su puerta. Entré, aire fresco del balcón, música suave de fondo. ‘Quítate la ropa, te hago un masaje’, ordenó, como si nada. Dudé, pero obedecí. Desnuda ante él, tetas caídas pero firmes, coño peludo y húmedo. Se colocó detrás, manos en mis pechos, apretando, pellizcando pezones. ‘Estás receptiva, Cristina’, susurró al oído, su polla dura contra mi culo. Gemí bajito, miedo a que los vecinos oyeran.
Me llevó al balcón, persianas entreabiertas. ‘Mira, como tú me miraste’. Me inclinó sobre la barandilla, piernas abiertas. Su dedo índice untado en saliva entró en mi coño de golpe, hasta el fondo, pulgar en el clítoris. ‘¡Ay, Pablo, no… mi marido!’, mentí, pero mis caderas empujaban. ‘Mentira, lo deseas’. Dos dedos ahora, follando mi interior, chapoteo húmedo. ‘¿Te masturbas pensando en mí?’. ‘Sí… una vez’, confesé. Me ató las manos a la baranda con su cinturón. ‘Ahora soy yo quien te folla sin pedir permiso’.
El polvo brutal y el secreto compartido
Sacó su polla: gruesa, venosa, glande brillante. La restregó por mi cara, olor masculino intenso. ‘Abre la boca’. La chupé, garganta profunda, arcadas, saliva goteando. ‘Buena puta vecina’. Me levantó el culo, escupió en mi ano. Polla en coño de una estocada, testículos golpeando. ‘¡Fóllame fuerte!’, supliqué. Ritmo brutal, mis tetas botando, gemidos escapando. ‘Cállate o nos pillan’, gruñó, tapándome la boca. Sentí el orgasmo venir, coño contrayéndose, chorro mojando sus huevos. Él aceleró, ‘Me corro dentro’. Calor inundando mi útero, semen chorreando por muslos.
Me desató, limpiamos rápido. ‘Vuelve cuando quieras’. Salí temblando, piernas flojas. Al día siguiente, pasillo. Él con bolsas de compra. Nuestras miradas se cruzaron, sonrisa cómplice. ‘Buen día, vecina’. Mi coño se humedeció de nuevo. Roberto ni se entera. Ahora evito el ascensor sola, pero sueño con más. El secreto quema, delicioso.