Era viernes noche, sobre las once. Oí ruidos en el piso de al lado, como gemidos ahogados y carne chocando. El corazón me dio un vuelco. Me acerqué a la ventana, entreabrí las persianas con cuidado. La luz tenue de su salón filtraba, y allí estaba él, mi vecino del quinto, ese moreno alto y musculoso que siempre me ponía cachonda al cruzarlo en el rellano. Estaba en pelotas frente al espejo, con una polla enorme, negra y gruesa, en la mano. La meneaba despacio, los huevos colgando pesados, sudando un poco. Se mordía el labio, los ojos cerrados en éxtasis. Joder, qué calentón me entró. Me toqué el coño por encima del pantalón, húmeda al instante. El aire fresco del balcón me erizaba la piel, pero no podía apartar la vista. Duró unos minutos, hasta que se corrió con un gruñido, chorros blancos salpicando el suelo. Me aparté rápido, con las bragas empapadas.
Al día siguiente, sábado tarde, bajaba en el ascensor. Puertas se abren en su piso, y entra él, Marco, con una camiseta ajustada marcando pectorales y pantalón de chándal que dejaba poco a la imaginación. Silencio pesado. Nuestras miradas se cruzan en el espejo del ascensor, intensas. Siento su olor, colonia mezclada con sudor masculino. ‘Buenas’, murmura con voz grave. ‘Hola’, respondo, voz temblorosa. El ascensor baja lento, parece eterno. Su brazo roza el mío, electricidad. ‘Anoche… ¿oíste algo?’, pregunta con media sonrisa pícara. Me sonrojo, pero el morbo me gana. ‘Sí, te vi por la ventana. Estabas… impresionante’. Se acerca, su aliento en mi cuello. ‘¿Te gustó?’. Asiento, el coño palpitando. Las puertas casi abren, pero me besa salvaje, lengua invadiendo mi boca. Sus manos bajan a mi culo, aprietan. ‘Ven a mi piso ahora’, susurra urgente. Subimos de nuevo, solos en el ascensor, besándonos como animales.
La mirada accidental que lo cambió todo
Entramos en su piso, puerta cierra con clic. Me empuja contra la pared, arranca mi blusa. Sus labios en mis tetas, chupando pezones duros. ‘Joder, qué tetas tan ricas’, gruñe. Le bajo el pantalón, su polla salta libre, venosa, cabezota brillante de pre-semen. La agarro, dura como piedra. ‘Mámamela, puta’, ordena. Me arrodillo, piso frío bajo rodillas. La lamo desde huevos hasta punta, salada, deliciosa. La engullo, garganta profunda, babeando. Él gime fuerte, ‘¡Sí, así, reina de la mamada!’. Me folla la boca, pelotas golpeando barbilla. Me levanto, él me baja pantalones y tanga. Dedos en mi coño empapado, ‘Estás chorreando, zorra vecina’. Me come el coño en el sofá, lengua en clítoris, dedos metiendo y sacando. Gimo alto, ‘¡Ay, Marco, me vas a hacer correrme!’. Orgasmos me sacude, piernas temblando.
Me pone a cuatro patas, capota en su polla. ‘Te voy a follar como una perra’. Embiste, polla abriendo mi coño al máximo. ‘¡Qué apretada estás!’. Pum pum pum, embestidas brutales, sudor goteando. Grito, ‘¡Más fuerte, joder!’. Paredes finas, sé que vecinos oyen, pero el riesgo me excita más. Cambia, dedo en mi culo, lubricado con mis jugos. ‘Quieres polla en el ojete, ¿verdad?’. ‘Sí, rómpeme el culo’. Escupe, mete capota nueva, gland presiona ano. Duele al principio, ‘¡Pian piano!’, pero relajo y entra, llenándome. ‘¡Hostia, qué culo virgen!’. Me taladra, manos en caderas, yo me corro otra vez gritando ‘¡Me corro con polla en el culo!’. Él acelera, ‘Te voy a llenar de leche’. Palpita, se corre dentro, caliente.
El clímax brutal y el secreto en el pasillo
Caemos exhaustos, abrazados. Sudor, olor a sexo. ‘Ha sido brutal’, dice besándome. Dormimos un rato. Despierto, me visto. ‘Mañana nos vemos’, guiña.
Domingo, recojo correo. En el pasillo, nos cruzamos. Sonrisa cómplice, roce de manos. ‘Buen culo, vecina’, susurra bajito. Sonrío, coño húmedo de nuevo. El secreto quema, prohibido y adictivo. Cada paso en el corredor ahora vibra con promesa.